Me dijo el amigo:
Te hieren con saña,
pronuncian a gritos tu nombre
y lo ultrajan…
y, fíjate bien, son los mismos,
los que antes en triunfo te alzaran,
aquéllos que ungiste a tu lado,
los mismos…
La voz alterada,
nerviosas las manos francas del amigo,
vehemente y airoso me instaba:
mira que te hieren en lo hondo, mira…
Con el claro gesto de quien no se exalta,
sereno, con una sonrisa de paz que se abría
en surco del alma,
seguro de ser más humilde
que aquel que me hablaba,
repose al amigo querido
sin una violencia que nos alterara:
En un campo mismo, a la par crecían
un pequeño roble y una trepadora;
era un vasto campo de notas alegres:
la montaña, el río, el árbol, la alondra…
Sucedió que un día
el roble arraigaba sus raíces hondas
y el ramaje todo florecido y verde
alzaba a los cielos sus ramas hermosas.
Y en el campo alegre y perfumado había
un cariño nuevo para aquellas frondas:
el río cantaba debajo del árbol
y cantaba el pájaro por entre las hojas
y el viento pasaba por entre las ramas
y era todo el árbol una lira eolia…
Y en el campo era todo alegre fiesta
y solo callaba una trepadora,
una pobrecilla trepadora mustia
que no pudo alzarse por sobre las cosas.
Pasaron los días…
Vio al roble crecido solo en la montaña,
oyó que a su paso le cantaba el río
y que entre sus hojas se quedaba el alba;
lo vio tan alegre sobre el campo, ella,
la pobre arrastrada,
que probó a subirse por el ancho tronco
y hundir en el árbol con furor su zarpa
y estrujar el roble y apagar su vida
y sentir su altivez desgajada
y luego dejarlo tronchado en el campo
donde nadie oyera su canción alada…
lOh la trepadora
y lo que pensaba!
El fecundo roble la miró sereno,
comprendió sus ansias,
y ayudóla a subir a la cumbre
haciéndole brazos de amor con sus ramas.
Y por cada paso de la trepadora
por hundir su zarpa,
el roble, tranquilo, dábale su savia.
Sube -le decía- sube hasta mi cumbre
y serás en mi cumbre admirada.
El sol y la tierra y el viento y el río
formaron mi entraña
y Dios mismo puso con amor de hermano
todo lo grandioso quo en mis venas haya.
Tómalo y se buena; no envidies a nadie,
y al beber mi savia
tu espíritu encienda
el Amor divino que todo lo alcanza.
………………………………………………………
Asida al nudoso tronco de algún roble
veras, aferrada,
a una pobrecilla trepadora.
Aprende
el sabio consejo que alienta esta fábula
y haz con los amigos que te hieran, eso:
darles el amparo sereno del alma!
Del Libro “Rimas Serenas” del Poeta Costarricense
Rogelio Sotela
(1894-1943)
