Un cuento del Quijote

 

Madre, este poema obtuvo una medalla;

el hijo vencedor quiere que ella

por ser un premio de la Rima, vaya

sobre su corazón como una estrella.

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…Dicen que rompía molinos de viento,

que era un gran gigante que hizo muchos daños,

que en caballo al cielo llego en un momento…

Abuelita sabe! Cuéntenos el cuento!

No iba a saberlo teniendo sus años!

 

 

 

Las cabezas rubias de los niños eran

trigales de oro junto de la lumbre,

mientras la abuelita para que durmieran

contestaba aquello de que la inquirieran

con una sonrisa de honda mansedumbre.

 

 

 

—Era un don Quijote leal y caballero,

de verdad un hombre, no un gigante extraño,

que siempre libraba todo desafuero,

que andaba la vida con un escudero

sin otro pecado que su propio engaño.

 

 

 

Para defenderse de la villanía

llevó escudo y lanza, armas de combate

que Bien le sentaban para su hidalguía,

mas, fue tan osado con su bizarría

que todos lo hallaron loco de remate.

 

 

 

—Pero mire, abuela, cuentan que en el cuento

a caballo un día caminó en el viento

llevándose a un Sancho por las nubes, y era

en un Clavileño hecho de madera…

 

 

 

—Ah, sí… Fue una noche que por su locura

jinetes subieron borrando sus huellas…

Sancho iba en el lomo, mano en su cintura,

y juntos llegaron por fin a la altura

donde cara a cara vieron las estrellas.

 

 

 

 

Tan alto corrían, tanto caminaron,

que los dos palpaban cosas infinitas;

pasaron las nubes y las saludaron,

mas arriba fueron y se desmontaron

en donde pacían las Siete Cabritas.

 

 

 

Sancho luego hablaba de lo que veía

en esa otra parte brillante y lejana:

la tierra en lo alto a él le parecía

grano de mostaza, y se percibía

cada hombre que andaba como una avellana.

 

 

 

Bajó del caballo, fuese a las cabritas

siendo de improviso cabrero del cielo;

al acariciarlas se estaban queditas

y eran “verdes, rojas, de mezcla”, bonitas,

mucho mas bonitas que las de este suelo.

 

 

 

Luego hasta la tierra volvieron montados,

y como os lo cuento ellos lo contaban.

Pero fue lo raro que iban vendados

y que se estuvieron quietos y sentados

sin alzarse un palmo de donde se hallaban.

 

 

 

Como se extrañaran, explicó la abuela:

cada hombre en la vida tiene un Clavileño

y vive en aquéllo que ferviente anhela;

si cree que tiene alas de seguro vuela,

que así ha de pasaros montando el Ensueño.

 

 

 

—Y siendo el Ensueño cosa de madera

entonce, abuelita por qué no lo encuentro?

—No habéis de inquirirme, porque yo dijera

que para ir a lo alto hay una Quimera

pues todos llevamos un Quijote adentro.

 

 

 

Ah! Pero vosotros no tenéis idea

de la vida cierta de tantos Quijotes…

Estáis muy pequeños; mejor que así sea,

pues no habéis llorado una Dulcinea

ni os habéis hallado con unos galeotes.

 

 

 

Los niños al lado de la abuela hacían

un ingenuo esfuerzo por oír el cuento

porque ya los ojos se les adormían,

 

y así, cabeceando, todos parecían

trigales de oro que moviera el viento.

 

 

 

Después, en la alcoba, con gentil empeño,

la abuela les daba todo su cariño,

y mientras velaba, vio qué el mas pequeño

estaba estrujando, febril en el sueño

un viejo caballo que le trajo el Niño…

 

 

Primer Premio.

Certamen de “El Imparcial”, 1917.

 

 

 


Esta poesía también fue publicada en el libro

“Rimas Serenas”, en 1934.