Qué placidez en todo! Cuánta paz me circunda!
Gracias, hermana, gracias; me siento ya tan bueno!
Aquello no fue nada… Mi corazón sereno
otra vez de apacible tranquilidad se inunda.
¡Qué calma resignada de dejadez! Me siento
flotar sobre la vida como una nota extraña.
Todas las cosas hablan de paz, y un sentimiento
de bien para los hombres mi pensamiento baña.
Y ese mal que me hicieron, por favor, no lo nombres.
¿Qué quieres? Así somos… Vuelve a tender tu mano
llena de amor y unge la culpa de los hombres
igual que un loto pone su nieve en el pantano.
Y se dulce y se buena con el pobre menguado
que no es bueno por falta de una fe que lo done;
Jesús perdonó siempre la culpa del pecado;
tú, ámale conmigo y que EL le perdone.
Cuidemos del rebaño que en nuestra fe nos queda
que las otras ovejas ya vendrán al aprisco;
pon tu regazo a ellas como un pulmón de seda
y dales el cariño del hermano Francisco…
¿Por qué te apesadumbras por mi dolor? Discurre
como un rumor de aguas debajo de mi tierra.
Y no te intranquilices, porque todo concurre
y el MAL y el BIEN caminan por una misma senda.
Y por favor, no nombres el dolor que tú has visto.
¡Es a veces tan dulce la unción de un mal ajeno!
Y al fin, él fue el madero, y es mejor ser el Cristo…
Gracias, hermana, gracias, ¡Me siento ya tan bueno!
1916.
Nota: “Convalecencia” y “Vida adentro”, son los únicos
Poemas que el autor incluyó en los tres libros que publicó
en vida “En la Senda de Damasco”, de 1918, y viene con
una dedicatoria: “Para José Fabio Fournier”, que no
aparece ni en el “Libro de la Hermana” ni en “Rimas Serenas”.
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